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El cirujano, la muerte biológica y el cerebro.

La única realidad absoluta implícita a la vida, la muerte, siempre ha despertado la repugnancia y fascinación del hombre a través de los siglos. Bendecida por unos, repudiada por otros, negada por la mayoría y omnipresente en todos nosotros, el fenómeno de cesación de la actividad vital no ha podido ser correctamente definido por nadie, ni en términos filosóficos, ni en términos biológicos, ni mucho menos en el plano matemático. *Carta Quirurgica. FSFB.

2002-06-15

Infortunadamente, la mejor definición sigue siendo: muerte es lo contrario a la vida.

El ser humano puede ser definido en términos puramente pragmáticos como una unidad masa-energía compuesta por millones de células especializadas, organizadas en grupos particulares, en constante actividad y movimiento y en alerta a un estado de permanente agresión por agentes externos e internos que buscan reducir dicha organización a estados biológicos más sencillos dentro de la estructura del universo. Aquí cobra importancia la frase del Eclesiastés: “[...] Todo va a parar a un mismo lugar; de la tierra fueron hechas todas estas cosas y en tierra o polvo vuelven a parar”.

De este combate permanente entre el cuerpo y su ambiente agresor, de la capacidad de las células de adaptarse, sobreviene el estado de salud enfermedad o muerte. Sabemos en términos biológicos que existen sistemas intracelulares particularmente sensibles a lesiones críticas y de los cuales depende la muerte celular, tan elegantemente estudiada en el microscopio del patólogo y cuyas manifestaciones visuales pueden adornarse mediante tinciones complicadas que definen los diferentes tipos de muerte o necrosis (necrosis de coagulación, de licuefacción, necrosis gaseosa, etc.) y que son el reflejo de alteraciones severas en los mecanismos de respiración aeróbica, provisión energética, síntesis proteica, conservación de las membranas y reproducción celular.

La ciencia cree saber sobre la muerte celular hechos tan incontrovertibles, que algunas frases dentro de los mismos textos de patología sorprenden por cuanto ponen al descubierto nuestra real ignorancia: “La transición de la vida a la muerte es igualmente difícil de precisar para la célula como para el organismo considerado globalmente.”

Una definición médico-legal de muerte es: la detención del proceso que preserva la integridad física del cuerpo. Es decir, la detención del proceso de la vida y como tal es una secuencia de hechos que culmina en la cesación de las funciones biofisiológicas. A este respecto, los legistas (tanto médicos como juristas) han estudiado a fondo las manifestaciones de la muerte, la que han confirmado mediante la comprobación de la abolición de las funciones nerviosas (inmovilidad, flacidez muscular, parálisis de esfínteres, ausencia de actividades psíquicas), extinción de las funciones circulatorias (ausencia de pulso y latidos cardíacos), y extinción de las funciones respiratorias.

Todas estas definiciones son importantes para efectos de declarar a un ser vivo oficialmente cadáver y con este poder proceder a dilucidar las causas inmediatas del evento, los posibles culpables del hecho, y continuar con el entierro del cuerpo antes de que comience a descomponerse. Pero ¿nos brinda la ciencia legal una definición del proceso exacto que delimita las condiciones de vida o muerte, aparte del uso del término ‘agonía’? La respuesta es no. Por desgracia nos define el hecho cumplido, al igual que la medicina clínica y la biología celular, que tampoco conocen a fondo el proceso.

El concepto de muerte como finalización del tiempo y el movimiento ya ha sido explorado por algunos filósofos: L, Wittgenstein decía: “La muerte no es un evento de la vida. La muerte no se vive. Si por eternidad se entiende no la duración interminable del tiempo, sino la ausencia total del tiempo, entonces el que vive eternamente es aquel que vive en el presente.” La física, entonces, tampoco se ocupa del proceso entre la vida y la muerte. También nos habla del hecho cumplido.

El afán de poseer al menos un fragmento de eternidad se manifiesta permanentemente en la lucha de los seres humanos por dejar su huella en el tiempo, sea mediante construcciones monumentales (las pirámides de Egipto), imperios ‘eternos’ (Roma), a través de la producción de piezas pictóricas o musicales, o simplemente dejando la humilde huella de ‘sembrar un árbol, engendrar un hijo y escribir un libro’.

El convencimiento de poseer una vida limitada y corta en el tiempo es uno de los motores más importantes en la planificación de cualquier obra y de la generación de la angustia de quienes sabemos que lo único que indefectiblemente tenemos que hacer es morirnos. El atormentado, el viejo, el enfermo, miran la muerte como una liberación. Nietzche escribía en el siglo pasado: “Uno debe partir de la vida como Ulises partió de Nausica: bendiciéndola más que amándola.”

Como personas tenemos varias dimensiones: biológica, psíquica, social, histórica y espiritual. Cuando ya somos cadáver, todas se han perdido. Pero en el proceso de serlo ¿cuándo se considera la batalla entre vida y muerte perdida? Debemos admitir que esto sucede cuando se tiene evidencia de daño cerebral total e irreversible, es decir, cuando las funciones intelectuales superiores perdidas nos privan de nuestra posición de seres biológicamente funcionales, psíquicamente activos, socialmente útiles e históricamente en desarrollo.

Discusiones como: ¿en qué momento abandona el alma al cuerpo? no tienen cabida en dicho proceso para determinar si la muerte sobreviene únicamente cuando el corazón ha dejado de latir. Como seres humanos nuestra vida termina cuando el cerebro ha perdido toda comunicación con el mundo exterior y toda sensación de conciencia de sí mismo, sin esperanza de recuperación. El muerto cerebral es irrescatable. Para él ya no hay esperanza. El proceso de lucha probablemente ya no existe y su muerte biológica total es cuestión de tiempo.

Y si bien deben observarse con dicho ser todas las consideraciones que merece un paciente crítico en el sentido de mantenerlo confortable y sostenerlo en sus funciones biológicas primarias, no debe olvidarse que su tiempo esta definitivamente ‘contado’ y sus posibilidades futuras se reducen a cero.

Por lo tanto, para efectos prácticos, aunque todavía no podamos definir la muerte en forma matemáticamente exacta, la pérdida irrescatable del cerebro de un ser humano es el punto de no retorno, el límite médico que separa al vivo del muerto y el momento biológico en el que cualquier tratamiento solamente servirá para prolongar una agonía innecesaria y la extensión variable de un dolor familiar que no tiene justificación de ninguna clase.

Fernando Guzmán Mora, MD, IGACS
Jefe Departamento de Cirugía.
Fundacion Santa Fe de Bogotá.
Bogotá - Colombia.

 


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