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Satisfacción de ser cirujano.
El buen cirujano, como buen ser humano, es aquel que deriva placer y satisfacción, o sea felicidad, de realizar acciones armónicas con el bien de los demás. Concebido el acto quirúrgico como una acción virtuosa, no quiere decir que todo cirujano que ejecuta acciones virtuosas es un hombre virtuoso. Aristóteles, en el capítulo 4 del Libro Segundo de la Ética Nicomaquea, establece que el hombre virtuoso sabe cuando el acto es lo correcto en las debidas circunstancias, y lo ejecuta por un motivo correcto, con la correcta disposición de espíritu. El virtuosismo, así concebido, es la suprema satisfacción del cirujano.
José Felix Patiño Restrepo, MD, FACS (Hon)
*Carta Quirúrgica. Fundación Santa Fe de Bogotá.
2002-06-05
La medicina hipocrática se ejerció como un oficio y sus practicantes tenían como propósito lograr un buen vivir, lo cual, por supuesto, no puede ser considerado como inmortal. En efecto, el interés personal puede ser un principio moral adecuado, siempre y cuando esté dentro del marco del precepto (Jonsen 1990). La medicina era una disciplina racional en tiempos de Hipócrates, pero no una profesión como se concibe en el sentido moderno; era una mezcla de artesanía, de arte y de ciencia, lo que los griegos denominaban techné.
El médico cobraba honorarios, y se cree que algunos médicos ganaban mucho dinero, tanto por concepto de su ejercicio como de la enseñanza. Los textos hipocráticos se refieren a la etiqueta médica; sugieren consideración en los honorarios, demostrar desinterés por el dinero y no tomar dinero de quien está en peligro de morir (Lloyd 1983).
El juramento hipocrático establece la obligación de respetar al maestro; enseñar la Ciencia a sus hijos, a los hijos de su maestro y a los discípulos; tratar al enfermo con lo mejor de su habilidad y buen juicio; no hacer daño, no dar venenos, no inducir el aborto; observar la religión y llevar una vida casta; no operar; así sea por cálculo en la vejiga, dejando tal procedimiento a los que practican tal arte (cirujanos); no hacer avances sexuales a los pacientes; y mantener el secreto y la discreción. Tal es el precepto hipocrático, el marco ético que ha regido a la profesión médica por 2.500 años.
Pero en los tiempos hipocráticos no regía el altruismo. Este sólo vino a vislumbrarse en el siglo II, con los ideales estoicos y morales, para aparecer como una contexto moral judeo-cristiano en la edad media. Los monjes y monjas, con su vocación de sacrificio adoptaron el cuidado de los enfermos e indigentes como una obligación moral, el deber del "Buen Samaritano" (Jonsen 1990).
El médico moderno es el heredero, por una parte, del precepto hipocrático, el cual es una prescripción de etiqueta tanto como de ética, y por otro, del precepto monástico de altruismo, de atender al enfermo como obligación moral. En realidad es la combinación de estos dos grandes legados lo que conforma hoy el marco ético general de la profesión.
Según Jonsen, la práctica de la medicina moderna, crea una paradoja consistente, por una parte, en el interés propio del médico de mantener el monopolio del ejercicio privado de su profesión con el cobro de honorarios como retribución material y, por otra, en el compromiso social de altruismo, la obligación de ejercer para beneficio del prójimo. Con frecuencia se produce conflicto, por ejemplo cuando el profesional se opone a los programas de "socialización" de la medicina que gobernantes y legisladores tratan de imponer para hacer más asequibles los servicios médicos, algo que tiene evidentemente un propósito social pero que puede resultar opuesto al interés propio del profesional. En tal contexto se ejerce la cirugía, campo en el cual aparecen conflictos derivados de las "tarifas", concebidas éstas como la retribución al largo esfuerzo y a la gran inversión económica implicadas en la capacitación del cirujano, o como la obligación de sacrificio en pro del bien comunitario.
Otro conflicto surge del enfrentamiento que se presenta cuando el cirujano trata de cumplir el imperativo hipocrático de hacer lo mejor por su paciente, frente al mandato burocrático resultante de la creciente institucionalización del ejercicio médico: la institucionalización se caracteriza por un enfoque eminentemente económico y de costo-beneficio de la práctica médica (Patiño 1989, 1990).
Por ello la práctica médica - y la práctica quirúrgica en particular - está involucrada en una profunda, y realmente creciente, paradoja moral, una paradoja moral que no tiene tanta significación ni magnitud en ninguna otra institución social (Jonsen 1990).
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