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Cirujano y etica.
El ser humano tiene una representación consciente de sí mismo. Esta autoconciencia puede derivar en egoísmo porque el individuo a menudo confunde el acto de conocerse con el de valorarse.
*Carta Quirurgica Fundacion Santa Fe de Bogota.
2002-02-01
EL CIRUJANO A LA LUZ DE LA ANTROPOLOGÍA Y LA ÉTICA DE KANT.
Kant clasificó el egoísmo así: lógico (que no somete su juicio al efecto comparativo de otras opiniones por considerarlas innecesarias); estético (que continúa con sus preferencias, aún por encima de las críticas de los otros); y moral (para quien no hay más valor que lo que a él le produce provecho). Desde este plano, el cirujano en su ejercicio no puede sufrir ninguna de las tres clases de egoísmo kantiano: siempre somete su juicio a la confrontación de otras opiniones, critica sus preferencias de acuerdo con sus propios resultados y los de otros y, por último, trabaja la mayor parte del tiempo en provecho de los demás, muchas veces a costa del suyo personal.
La conciencia de las propias representaciones también esta sometida a la depuración por medio de una autocrítica severa. No puede ser ignorante, pues debe aprender lo necesario para saber su oficio y no puede ser de entendimiento estrecho, porque debe pensar por su cuenta, aún habiendo tenido buena escuela. De acuerdo con esto, el cirujano posee, más que un sentido común (conocer las normas en los casos de aplicación), un sentido científico (conocer las normas por sí mismas y antes de cualquier aplicación).
Para el cirujano, la sensibilidad y el uso de sus propios sentidos es indispensable. En el momento de tomar una decisión crítica, debe partir de la base que sus sentidos no lo confunden. Más bien, ellos se colocan al servicio de su entendimiento y no lo engañan.
De otro lado, el cirujano no mira entonces exclusivamente la felicidad sino que obra buscando sólo hacer el bien. En él se cumplen literalmente dos principios de supremacía kantiana: el amor a la vida y el amor a la especie. Si la norma ética que rige la actividad médica fuera el principio de la felicidad y del placer, el médico y con mayor razón el cirujano, tendrían legítimo derecho a no efectuar procedimientos que a pesar de prolongar la vida aumentaran el sufrimiento del enfermo. En este plano, se daría cabida a fenómenos como la eutanasia y el suicidio asistido.
Si le fuera permitido guiar su actividad profesional por el sentimiento, podría rehusarse a operar a un enemigo. Pero resulta obvio que, ante el espectáculo de un ser humano cuya vida corre peligro, el cirujano debe intervenir, sin otra consideración distinta de su mandato interno. No el placer, no la felicidad, no el gusto; ni el del médico, ni el del paciente, ni el de nadie. El deber. Juró poner su conocimiento al servicio de la humanidad porque sí. Sin motivo o requisito alguno. Porque quiso ser médico.
En el momento de decidir alternativas de tratamiento, obra la libertad del paciente; el cirujano no es libre de escoger en lo que sería un ‘abanico ’ de éticas. El dueño de las cartas es el enfermo pues, aparte de cualquier consideración trascendental o religiosa, es el único dueño de su vida. El cirujano solamente debe cumplir con su deber de preservar la especie.
Si consideramos al ser humano que tenemos en las manos como un fin, y ejerciendo nuestra libertad obramos con la voluntad excelente de hacer el bien, colocando de nuestra parte todos los elementos posibles para ello, el acto quirúrgico será la manifestación de una ética universal que no admite contradicción. Hay que buscar el bien del paciente; hay que operar bajo el gobierno de la razón; hay que buscar calidad en el proceso y en el resultado; hay que perseguir excelencia en la ejecución, manteniendo el principio de no hacer un daño mayor. Son presupuestos de una ética kantiana, que mira no a la felicidad, sino al deber.
Fernando Guzmán Mora,MD.
Jefe Departamento de Cirugía.
Fundacion Santa Fe de Bogota.
Bogota - Colombia.
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