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Reminiscencias quirurgicas.
Hace poco hube de dictar una charla en el X Congreso de Ciencias Básicas y Especialidades Médicas que organizan cada dos años la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional y su Asociación de Exalumnos. Me pareció oportuno hacer un recuento de la evolución que ha tenido mi especialidad, la Neurocirugía, en los últimos cincuenta años, es decir, desde que terminé mi adiestramiento en ese campo hasta el día de hoy. Al hacerlo, me di cuenta del cambio tan sustancial que ha experimentado este ramo de la cirugía, hasta hacer de él algo completamente diferente de lo que era hace medio siglo. Al hacer esas reminiscencias, no pude menos de recordar el contexto dentro del cual, siendo todavía estudiante, di mis primeros pasos en la cirugía.
*Carta Quirurgica Fundacion Santa Fe de Bogota. Bogota - Colombia.
2002-01-14
REMINISCENCIAS QUIRURGICAS.
Alejandro Jimenez Arango, MD.
Seccion de Neurocirugia.
Fundacion Santa Fe de Bogota.
Bogota - Colombia.
El cuadro que presento a continuación se remonta a casi sesenta años atrás y es un buen reflejo de lo que era la cirugía en otras partes del mundo, así como la cirugía que se practica actualmente entre nosotros, constituye un espejo de la cirugía a nivel mundial.
Fui alumno de uno de los cuatro cirujanos titulares que dictaban esta cátedra en la Universidad Nacional de Colombia. Tanto ellos, como los Profesores Agregados y los Jefes de Clínica fueron competentísimos cirujanos, dedicados a sus pacientes y a sus alumnos, brillantes y hábiles en su campo, y actualizados en esa rama de la medicina. Los Profesores Agregados no participaban en los cursos prácticos, sino dictaban un clase teórica previa denominada Patología Quirúrgica. La Clínica Quirúrgica se dictaba en uno de los pabellones de pacientes del antiguo edificio del Hospital de San Juan de Dios (q.e.p.d.). Al fondo del mismo, en una rotonda, estaba la sala de cirugía. Esta era una asignatura esencialmente práctica, a cada alumno nos asignaban dos o tres pacientes, y los profesores hacían demostraciones quirúrgicas en su hora de clase dos o tres veces a la semana. A estas sesiones asistía la totalidad del grupo de alumnos, como espectadores, de pies en unos soportes escalonados y con barandas que había en el quirófano alrededor de la mesa de cirugía.
Entrábamos con nuestras ropas de calle, apenas cubiertos con una blusa y un gorro, sin tapabocas, polainas u otra precaución. El cirujano y su ayudante (el alumno encargado del paciente), se habían quitado el saco y se habían remangado las mangas de la camisa antes de colocarse la blusa estéril. No existía la llamada propiamente ropa quirúrgica. No había anestesiólogos. El profesor designaba como anestesista a un alumno que nunca hubiera tenido esa práctica, y le ponían en una mano una máscara de Ombredane y en la otra un tarro con éter. El aterrado estudiante tenía que dormir al paciente, sin saber cuándo se le iba a presentar el “síncope azul” o el más temido aún “síncope blanco”. De este terrible predicamento lo sacaba la ayuda de la hermana de la caridad, experta por su práctica en la administración del éter. En medio de estas peripecias y de otras que se iban presentando en la operación misma, terminaba, generalmente con éxito la intervención que ponía a prueba las defensas y la resistencia de esos curtidos pacientes.
El cuidado general del paciente estaba a cargo de la hermana del servicio y de unas asistentes que le ayudaban. No había enfermeras profesionales. Este oficio era desempeñado por las hermanas de la caridad, personas de las más altas calidades humanas, dedicadas a aliviar los sufrimientos de los pacientes, y quienes se habían venido formando de manera empírica en el curso de la práctica. El interno formulaba a los pacientes, generalmente fórmulas magistrales de muy dudosa eficacia. No existían los antibióticos (la penicilina comenzó a usarse entre nosotros en 1943). Los analgésicos opiáceos eran tan eficaces y tan utilizados como lo son ahora. Por las noches no había médicos disponibles sino en los servicios de urgencia y de obstetricia. Conocí un hospital universitario en donde todo el personal: médicos, enfermeras, auxiliares etc. salían a las 8 p.m., cerraban la puerta con llave y dejaban a los pacientes menos graves cuidando a los más delicados.
No había residentes. Sin embargo, había un entrenamiento relativamente formal de los cirujanos que comenzaba en el internado de especialidad y continuaba con la jefatura de clínica. Así llegaron a formarse muy competentes y hábiles cirujanos.
Pero tal vez lo más notorio, si lo miramos desde nuestra perspectiva, era el rudimentario conocimiento que se tenía de la fisiopatología. La descripción de los cuadros clínicos era insuperable. Sin embargo, la explicación de los mismos y de lo que ocurría dentro del organismo era muy precaria, lo que hacía de la cirugía más una praxis que una verdadera disciplina científica.
Tres o cuatro años más tarde, cuando me correspondió hacer el internado, todo había cambiado: habían llegado los primeros anestesiólogos formados en el exterior, Juan Marín había fundado su escuela de anestesiología, se había refinado la técnica estéril en las salas de cirugía y se había depurado la técnica quirúrgica, se había generalizado el uso de los antibióticos y con ello se entraba en una nueva etapa de la farmacología, se habían fundado dos escuelas de enfermeras profesionales que ya comenzaban a prestar su valiosísima cooperación a los hospitales y se había iniciado el adiestramiento formal de cirujanos en programas de residentes.
Todo esto ocurrió en el curso de muy poco tiempo, significó una verdadera revolución en la práctica de la cirugía y en la educación médica, y fue el inicio del formidable desarrollo que hemos visto posteriormente y que podremos apreciar mejor si conocemos el punto de partida y los humildes comienzos que he querido recordar. Así comenzó una época de esplendor que vivió el Hospital de San Juan de Dios en el siglo pasado, que duró varias décadas, y que hoy añoramos con tristeza quienes en una u otra forma estuvimos vinculados a él.
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