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Antecedentes
Otros
consideraron que el deseo está omnipresente
antes, durante y después de las otras dos
fases, y por tanto no estaba claro tan solo como
una primera fase. Sin embargo el concepto trifásico:
deseo-excitación-orgasmo terminó por
imponerse, y con este esquema se comenzaron a trabajar
las alteraciones de cada una de estas tres fases
con el nombre de disfunciones (del deseo, de la
excitación y del orgasmo), lo que constituyó una
clasificación que resultó herramienta
primordial en el trabajo de la Terapia Sexual (TS),
que por entonces consideraba que la mayoría
de las causas de estas disfunciones eran de orden
psicógeno. Sin embargo, en esta propuesta
inicial, Kaplan había ya expuesto la importancia
del factor hormonal, incluyendo el androgénico,
tanto en el hombre como en la mujer, como causa
orgánica del deseo sexual.
A
partir de los años 80 los conocimientos
de la fisiología genital, en particular
la neurología y la hemodinamia del pene,
abrieron un enorme panorama de lo que eran
las causas orgánicas de las disfunciones
masculinas, en especial la Disfunción
Eréctil (DE), que se constituyó en
motivación y punto de referencia para
que las ciencias médicas se interesasen
en la investigación y mayor conocimiento
de las demás disfunciones. Las prótesis
peneanas aparecieron hacia 1972 como propuesta
para los casos de DE que no encontraban solución
con la TS; en 1984 se iniciaron los tratamientos
con inyecciones intrapeneanas en los cuerpos
cavernosos (iiC) de fármacos vasoactivos,
un tratamiento menos costoso e invasivo, de
manera que las prótesis se aplicaron
solo en casos más severos no respondedores
al iiC y pasaron a segundo lugar; en 1998 apareció la
medicación oral con el Viagra con una
efectividad que esciló entre el 40 y
el 75% de los casos (3), de tal manera que
las inyecciones pasaron a segundo nivel de
intervención y las prótesis al
tercero. Todo esto parecía un esfuerzo
dedicado a una mínima parte de la población.
Sin embargo, estudios epidemiológicos,
que sorprendieron al mundo, indicaron que después
de los 40 años, alrededor de la mitad
de los hombres sufrían de alguna forma
-de las más leves a las más severas-
de DE. Tal, el resultado de estudios como el
MMAs en EEUU, que indicó que esto sucedía
en el 52% de los hombres (4) así como
el DENSA efectuado en Venezuela, Colombia y
Ecuador que señaló un 53% (5);
posteriores datos coincidentes han aparecido
en Inglaterra, Francia, España, Holanda,
Finlandia, Turquía, Marruecos, Egipto
y otros países (6).
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