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Bioética
La muerte biológica y el cerebro.
Como personas tenemos varias dimensiones: biológica, psíquica, social, histórica y espiritual. Cuando ya somos cadáver, todas se han perdido. Pero en el proceso de serlo ¿cuándo se considera la batalla entre vida y muerte perdida? Debemos admitir que esto sucede cuando se tiene evidencia de daño cerebral total e irreversible, es decir, cuando las funciones intelectuales superiores perdidas nos privan de nuestra posición de seres biológicamente funcionales, psíquicamente activos, socialmente útiles e históricamente en desarrollo.
Discusiones como: ¿en qué momento abandona el alma al cuerpo? no tienen cabida en dicho proceso para determinar si la muerte sobreviene únicamente cuando el corazón ha dejado de latir. Como seres humanos nuestra vida termina cuando el cerebro ha perdido toda comunicación con el mundo exterior y toda sensación de conciencia de sí mismo, sin esperanza de recuperación. El muerto cerebral es irrescatable. Para él ya no hay esperanza. El proceso de lucha probablemente ya no existe y su muerte biológica total es cuestión de tiempo.
Y si bien deben observarse con dicho ser todas las consideraciones que merece un paciente crítico en el sentido de mantenerlo confortable y sostenerlo en sus funciones biológicas primarias, no debe olvidarse que su tiempo esta definitivamente ‘contado’ y sus posibilidades futuras se reducen a cero.
Por lo tanto, para efectos prácticos, aunque todavía no podamos definir la muerte en forma matemáticamente exacta, la pérdida irrescatable del cerebro de un ser humano es el punto de no retorno, el límite médico que separa al vivo del muerto y el momento biológico en el que cualquier tratamiento solamente servirá para prolongar una agonía innecesaria y la extensión variable de un dolor familiar que no tiene justificación de ninguna clase.
Autor: Fernando Guzmán Mora, MD.
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