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Medicina
La denominada medicina alternativa.
Los médicos y cirujanos se concentraban en las grandes ciudades y en la corte real. Los campos se encontraban desprotegidos, pues los médicos no recibían un salario decoroso, como lo muestra la queja del cirujano Francisco Martínez en 1602:
“[...] por la falta de cirujanos se mueren muchas personas sin tener quien las cure, o se curan con personas que no lo saben hacer [...]”
La emergencia fue de tal magnitud que, en 1603, Felipe III autoriza el ejercicio de oficios paralelos a la medicina:
“[...] pueden de aquí en adelante los protomédicos admitir al examen de cirugía a los romancistas, aunque no hayan estudiado artes ni medicina; con que traigan probado los romancistas, que de aquí en adelante se examinaren, cinco años de práctica, los tres en hospitales, y los dos con médico o cirujano, y con esto puedan admitirlos a examen los nuestros protomédicos; y hallándolos hábiles y suficientes, los pueden dar licencia para exercitar la cirugía en nuestros Reynos [...]”
Sin embargo, debido a los excesos de estos empíricos, la Corona española vuelve a promulgar un decreto en 1688:
“[...] ordenando se notifique a los cirujanos romancistas y sangradores, que por sí solos, sin parecer de médico, no ordenen ni executen sangrías, ni otras evacuaciones; ni receten purgas ni bevidas, pena que serán castigados conforme a derecho [...]”
Con todo, el barbero tenía un lugar social destacado en las áreas rurales, en donde se le llamaba ‘medio escolar’.
El enfrentamiento entre los profesionales y los empíricos se sintió en toda la historia española, como el caso del pleito entre el Colegio de San Cosme y San Damián de Zaragoza contra Juan de Vidos, por ejercer sin examen y aprobación de médicos graduados.
Otros, más cautos, como el médico de Toledo Antonio Trilla Muñoz, recomienda en 1677:
“[...] No tengas pendencias, ni desazones con boticarios, cirujanos, sangradores, potreros, algebristas, destiladores, montabancos, garlatores, balsamoros, comadres, desaojaderas, ni otros; porque no has de remediar nada, y te han de deshonrar, y quitar el crédito; ellos no se han de enmendar, ni la justicia ha de hazer viva diligencia, porque ellos son los primeros que los llaman, los aplauden, y regalan, y que darán pie a la conversación contra ti [...]”
Autor: Fernando Guzmán Mora, MD.
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