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ORGANIZACIÓN PANAMERICANA DE LA SALUD.
El proyecto de Prevención, Tratamiento y Atención de la Infección por el VIH e ITS de la Organización Panamericana de la Salud con sede en Washington, D.C. está anunciando cinco puestos vacantes a nivel P.4 que se listan a continuación. Solicitamos cordialmente se publiquen en su página de web o publicaciones que sean pertinentes. Las descripciones de cada puesto se encuentran en los enlaces a continuación. La fecha límite para postular es el 24 de julio 2008.

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Artículos
para Mdicos |
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Opinion
La medicina alternativa
Los límites entre magia, religión y ciencia no son tajantes, y cambian de acuerdo con la cultura y con las convicciones de cada quien. Muchos defensores de las ideas ‘esotéricas’ tienen una sincera convicción ‘científica’, muchos místicos de las grandes religiones tradicionales consideran ‘animistas’, y por consiguiente ponen en la misma escala de los magos-brujos, a quienes profesan religiones menos elaboradas, que a sus ojos son ‘primitivas’. El límite histórico de la magia y la ciencia se confunde, por ejemplo, en esos pasos iniciales de la química alquimista del medioevo, o en la más reciente aceptación de una pocas medicinas ‘alternativas’ que, como la acupuntura, han sobrevivido con relativo éxito al escrutinio del método científico.
Para Giordano Bruno, uno de los más preclaros pensadores que ha dado la humanidad, la función de la ciencia era conocer el mundo y brindarle al ser humano la oportunidad de cambiar la naturaleza para su propio beneficio, es decir, ofrecer al intelecto la capacidad de razonar y actuar en base al conocimiento fundamentado de los fenómenos naturales. La fe cumplía la función de iluminar el camino de quienes no se aventuraban en la independencia espiritual y de aquellos incapaces de cuestionar los postulados dogmáticos de la época.
La función de la religión, en cambio, es esencialmente de carácter moral, dando un fundamento a las normas éticas para quienes necesitan ser dirigidos con el objeto de obrar bien.
Por otro lado, Galileo no solamente introduce en el pensamiento científico universal una serie de conceptos innovadores en física y matemáticas, sino que plantea una nueva forma de investigar los fenómenos naturales. Como dice uno de sus biógrafos: Galileo vio con toda claridad que con ayuda de maquinas e instalaciones técnicas hábilmente pensadas, se puede sorprender a la naturaleza.
Otro tanto ocurre con los límites entre magia y religión. En la práctica tal vez es útil la diferencia que estableció el francés Émile Durkheim (1858-1917), pionero del estudio de la sociología de la religión. Para él un practicante de la religión tiene una congregación, mientras un practicante de la magia tiene clientela. El británico Edward B. Tylor (1832-1917) centraba la diferencia en que en la religión el poder omnipotente es ejercido por seres conscientes a quienes es posible complacer por medio de determinados rituales, que además cumplen la función de mantener unida a la comunidad de practicantes. Tylor, en su obra Primitive Culture, también enumeró muchas de las razones por las que las fallas de la magia no son fácilmente percibidas por quienes creen en ella. Es curioso ver cómo muchos de los argumentos en que se apoyaban las ‘culturas primitivas’ de Tylor siguen siendo válidos en nuestra sociedad tecnificada y supuestamente educada.
Las contribuciones más importantes al estudio científico de la magia se deben quizás a James G. Frazer (1854-1941) pionero de la antropología social. Para este autor escocés la magia surgió como una seudociencia que se extendió por toda la humanidad primitiva antes de la aparición de la religión. El pensamiento religioso vino a surgir como una creación de seres inteligentes desilusionados por los frecuentes fracasos de sus brujos-curanderos. Estas primeras culturas trasladaban la responsabilidad de tantos fenómenos inexplicables a unos nuevos seres infalibles: los dioses. En su análisis, tanto la magia como la religión podían encontrar explicación en errores evidentes de la lógica humana. Frazer establecía así una secuencia que se iniciaba con magia, seguía con religión y culminaba en ciencia. Los seres impersonales o inconscientes del mundo mágico fueron remplazados, según él, por unos dioses más asequibles a quienes es posible persuadir, por medio de rituales o de oraciones, para que modifiquen a nuestro favor las normas elásticas que rigen a la naturaleza. Para él la ‘Edad de la Magia’ sería el equivalente intelectual de lo que desde la perspectiva cultural conocemos como Edad de Piedra. Frazer advierte, sin embargo, que la ‘Edad Científica’ no necesariamente es la culminación del desarrollo humano.
Las ideas mágicas, que Frazer analizó en su voluminosa obra de doce tomos (The Golden Bough, 1890), se pueden agrupar en dos grandes categorías, según sigan lo que él denominó la ‘Ley de la Similitud’ (o de la homeopatía) o la ‘Ley del Contacto o Contagio’. La primera establece relaciones entre objetos similares, basadas tan sólo en su aspecto u otra característica común, y les asigna vínculos de causa-efecto. La segunda postula que dos objetos que alguna vez estuvieron en contacto continúan actuando el uno sobre el otro incluso cuando han sido separados.
A pesar de que admitía la importancia antropológica y sociológica del pensamiento mágico, Frazer lo consideraba un paso que era necesario superar: “La magia es un sistema espurio de ley natural, algo así como una mentirosa guía de conducta; es una falsa ciencia y un arte abortivo.” Muy probablemente él se sorprendería de la proliferación de horoscopistas, oniromantes y lanzadores de tarot que hoy inundan nuestras ciudades; y más todavía de la credulidad de nuestra clase media intelectual que ha hecho de la superstición un negocio millonario. “El hechicero que cree sinceramente en sus propias pretensiones extravagantes está en mayor peligro y es más propenso a ver recortada su carrera que el impostor deliberado”, afirmó Frazer. Así que ¡ojo! Si su brujo es exitoso, muy probablemente es un impostor.
Edward O. Wilson (1929- ), entomólogo de Harvard y padre de la ‘sociobiología’, ha ido más allá. Él encontró en algunas conductas animales, por ejemplo en la danza de las abejas, un origen de la magia por similitud. Los círculos y figuras complejas de estos insectos serían movimientos anticipatorios parecidos a los de los rituales indígenas que preceden al combate o la cacería, e incluso a los grandes desfiles militares de los países civilizados.
Malinowski (1884-1942), fue otro pensador de la primera mitad del siglo pasado que se ocupó de la relación entre magia y ciencia. En su libro Magic, Science and Religion (1925) afirmaba que la magia surgió como un mecanismo humano para extender su conocimiento y su competencia, para lidiar con el fracaso, para proveer confianza en tiempos de incertidumbre ‘ritualizando el optimismo’, y para expresar los deseos de una sociedad tecnológicamente limitada. Tal vez por eso nos estamos apoyando de nuevo en ella.
Freud (1856-1939), en Totem und tabu (1913) compara el pensamiento mágico con los procesos mentales infantiles y neuróticos. El simple deseo, o la intención, preceden de manera automática a la realización del evento deseado.
Las razones para el renacer del pensamiento místico y mágico que caracteriza a la ‘nueva era’ tienen múltiples explicaciones. La ciencia demostró no ser omnipotente. No sólo ha sido incapaz de curar todos lo males de la humanidad, sino que ha colaborado en su destrucción, con bombas atómicas y desastres ecológicos. El mito fáustico (que no es de Goethe sino de sus intérpretes), por medio del cual le vendíamos el alma al diablo de la tecnología, generó toda una lista de promesas incumplidas. La ciencia, como poseedora de la única verdad fue incapaz de doblegar las fuerzas de la naturaleza. Sus pretensiones de sabiduría incontrovertible han resultado vanas. Santo Tomás afirmaba: “La noción de ciencia exige que aquello que es sabido, sea imposible concebirlo de otra manera.” (Summa Theologica, Segunda Parte II, Art. 6). No piensan así todos aquellos que hoy se dicen cristianos pero mezclan en sus creencias elementos de ‘santería’, de brujería o de superstición.
Quizás el ser humano del Siglo XX no se resignó a ser desterrado, como un animal más, a un pequeño y solitario planeta perdido en un rincón del cosmos. Cada persona busca en la magia y el esoterismo alguna trascendencia de su vida monótona, alguna otra realidad ajena a este universo que si no es cruel, por lo menos exhibe una imperturbable indiferencia.
Es cierto que la ciencia actual tiene muchas más explicaciones que soluciones. Aunque se ha avanzado mucho desde la época de Renato Descartes (1596-1650), siguen siendo válidas sus observaciones del capítulo final del Discurso del Método: “todo lo que saben los hombres no es nada comparado con todo lo que resta por conocer”. Es preferible, dice más adelante, la humildad de quien acepta conocer tan sólo un pequeño fragmento de la verdad, que quien se vanagloria pretendiendo conocerlo todo. A ese mismo respecto decía Galileo:
"...En las ciencias, la autoridad de millares de opiniones no tiene tanto valor como una minúscula chispa de razón en el hombre individual..."
¿Es justo que dejemos que la gran masa humana prosiga por caminos evidentemente falsos, sólo porque así encontrarán algún consuelo a su dolor? ¿Es ético aceptar que curanderos impostores, brujos con supuestos poderes de sanación, rezanderos estafadores, terapeutas ‘alternativos’ y otros mercaderes de la salud, amparados en la credulidad de su clientela, sigan usurpando el papel de los médicos? Thomas Hobbes (1588-1679) aseguraba que la ignorancia está a medio camino entre la ciencia y las doctrinas erróneas; más vale ser ignorante que educado en principios carentes de verdad, ya que de esta última forma nos estaríamos alejando de la verdadera sabiduría (Leviatán, Capítulo 4). Es precisamente eso lo que nos está sucediendo. Nuestra población, en un paso atrás en el avance de la cultura, está siendo educada en principios erróneos. Y no podemos resignarnos a contemplarlo impertérritos.
Autor: Fernando Guzmán Mora, MD, IGACS
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