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Opinion
La medicina alternativa
UNA HISTORIA LARGA DE DESACUERDOS
La existencia de varios enfoques nosológicos y terapéuticos, ajenos a la corriente principal del conocimiento científico, ha caracterizado a la civilización de occidente. En la España del siglo XVII, por ejemplo, una amplia gama de profesionales, empíricos y brujos ejercía el arte de curar en España.
Los profesionales, médicos o físicos y cirujanos latinos, estaban respaldados por títulos universitarios de las universidades de Alcalá y Salamanca, principalmente, a las que luego se sumaron las de Valencia, Zaragoza y Huesca.
A estos los seguían los algebristas (ortopedistas empíricos equiparables a nuestros actuales sobanderos); los barberos sangradores (que colocaban sanguijuelas y extirpaban muelas); y las parteras comadronas; los hernistas; los litotomistas o sacadores de piedras; los oculistas o batidores de la catarata; y los especializados en la cura de la tiña, entre otros muchos.
Los médicos y cirujanos se concentraban en las grandes ciudades y en la corte real. Los campos se encontraban desprotegidos, pues los médicos no recibían un salario decoroso, como lo muestra la queja del cirujano Francisco Martínez en 1602:
“[...] por la falta de cirujanos se mueren muchas personas sin tener quien las cure, o se curan con personas que no lo saben hacer [...]”
La emergencia fue de tal magnitud que, en 1603, Felipe III autoriza el ejercicio de oficios paralelos a la medicina:
“[...] pueden de aquí en adelante los protomédicos admitir al examen de cirugía a los romancistas, aunque no hayan estudiado artes ni medicina; con que traigan probado los romancistas, que de aquí en adelante se examinaren, cinco años de práctica, los tres en hospitales, y los dos con médico o cirujano, y con esto puedan admitirlos a examen los nuestros protomédicos; y hallándolos hábiles y suficientes, los pueden dar licencia para exercitar la cirugía en nuestros Reynos [...]”
Sin embargo, debido a los excesos de estos empíricos, la Corona española vuelve a promulgar un decreto en 1688:
“[...] ordenando se notifique a los cirujanos romancistas y sangradores, que por sí solos, sin parecer de médico, no ordenen ni ejecuten sangrías, ni otras evacuaciones; ni receten purgas ni bevidas, pena que serán castigados conforme a derecho [...]”
Con todo, el barbero tenía un lugar social destacado en las áreas rurales, en donde se le llamaba ‘medio escolar’.
El enfrentamiento entre los profesionales y los empíricos se sintió en toda la historia española, como el caso del pleito entre el Colegio de San Cosme y San Damián de Zaragoza contra Juan de Vidos, por ejercer sin examen y aprobación de médicos graduados.
Otros, más cautos, como el médico de Toledo Antonio Trilla Muñoz, recomienda en 1677:
“[...] No tengas pendencias, ni desazones con boticarios, cirujanos, sangradores, potreros, algebristas, destiladores, montabancos, garlatores, balsamoros, comadres, desaojaderas, ni otros; porque no has de remediar nada, y te han de deshonrar, y quitar el crédito; ellos no se han de enmendar, ni la justicia ha de hazer viva diligencia, porque ellos son los primeros que los llaman, los aplauden, y regalan, y que darán pie a la conversación contra ti [...]”
El Tribunal del Protomedicato, instituido por los Reyes Católicos el 30 de Marzo de 1477, fue reformado profundamente en 1617 por Felipe III, quien reguló la forma y el tipo de exámenes que debían presentar los aspirantes, luego de sus estudios universitarios.
“[...] Y porque asimismo hay muchas personas que curan con cartas falsas, mandamos, que el Protomédico que fuere en nuestro servicio, a cualquier jornada que fuéremos, vaya mirando y haciendo traer ante sí las cartas que tuviere noticia son falsas, para saber la verdad[...]”
Las autorizaciones eran asimismo estrictas para cada oficio: Los médicos sólo podían formular polvos y tabletas purgantes; los boticarios no podían formular sin orden del médico; los cirujanos ‘latinos’ sólo se limitaban a ordenar medicamentos de uso externo; los cirujanos romancistas y barberos sangradores únicamente podían intervenir previa autorización de un cirujano latino.
Diego de Aroza, en su obra ‘Tesoro de las excelencias y utilidades de la medicina’, escribe:
“[...] El médico, para ejercer su facultad con método racional, necesita la ciencia, y experiencia [...] ; el vulgo suele decir: médico viejo, y cirujano mozo. Si bien, yo acostumbro afirmar, que el médico viejo, hace de entender en ciencia, experiencia, y prudencia, y no en la edad; y que la prudencia con la ciencia, suple mucho el defecto de la experiencia [...]”
Autor: Fernando Guzmán Mora, MD, IGACS
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